'Me siento solito,' dijiste un día.
Ojalá nunca se te olvide lo mucho que me gusta tocarte el pelo mientras miramos el televisor. Ingenuos, dejamos caer los muros al revelar el dulce cosquilleo que nace al explorar la tensión de esa caricia; que, mientras roba toda la atención de la habitación, libera y alimenta la calma en mí. Como las notas de un piano lento en una canción de soul o el olor a monte sombrío: podría respirarte si me dejaras.
Me gusta estar ahí para tus cosas, para que estés bien. Cuando disfruto de tu presencia, a menudo se me hace adictiva la sensación física de aplacar las ganas de cuidarte y disfrutar de ti, aunque tú nunca lo pidas. Lo noto en mis manos y en mi piel, queriendo buscar la tuya. Pero me paro y me contento escuchándote hablar de tus asuntos, porque cuando me regalas un trocito de tu mundo, me siento privilegiada. Aunque parezca que te idolatre, en realidad no lo hago, solo disfruto de una mente maravillosa que expande mis límites. Disfruto apoyando el mentón en tu brazo cuando no me haces caso y la cara que pones cuando digo tonterías para hacerte reír.
Poco a poco, como dos niños que empiezan a sorprenderse por primera vez con la calidez de un vínculo fraternal, fuiste ganando peso en mis días y también en mi mente. Siempre fue a pasitos muy cortos y ligeros, como sabrosos bocaditos inesperados, pero siempre con el sentimiento de 'se mira pero no se toca'. Sin darme cuenta te mordía los minutos y cada gesto se sentía como una caricia: cosas como cederme tu silla o nunca dejarme ganar a juegos cuando el azar estaba de moda. 'Eres dulzura que me cura el cora', susurré sin que me oyeras.
Y no sé cómo, pero me aficioné a adornarte las tardes. Me hace feliz el abrazo que me das cuando salgo y entro por tu puerta. Poder decirte que te quiero siempre que me place y observar cómo te acostumbras a regañadientes a mis muestras de cariño. Muchas veces pasé por alto las letras de las canciones que sonaban de fondo, como la música no diegética de las películas, la música que solo escucha el espectador y no el personaje. A veces deseé que alguna de esas letras fueran mensajes, dejados ahí con sumo cuidado, sabiendo lo difícil que podría ser pronunciar aquellas palabras sobre tus propios pensamientos.
El mundo me dice 'Espabila,' y yo sigo en el letargo de no querer perturbar la distancia de seguridad que nos separa, ni tu libertad. Porque en realidad lo hiciste sencillo, pero tú no hiciste nada. Solo estabas ahí, dejándome disfrutarte y compartiendo conmigo vida y tiempo.
¿Estaré bien sin verte? Seguramente, dentro de algunos años leeré esto y no sabré dónde estás, pero si te busco, estoy segura de que te encontraré en mi recuerdo.
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