Deben criticarse las acciones, no los individuos.
Las motivaciones inconscientes que nos mueven a amarnos. Uno presupone en el otro una estructura psicológica similar. Una estructura que creemos tener en común: la niebla de las proyecciones, que solo es evitable mientras nos conozcamos a nosotros mismos.
Y aun así, no siempre ocurre.
Una cerilla no prende si está mojada. O si el aire es demasiado denso.
A veces, el fuego no aparece porque no hay nada que arda.
O porque nunca fue fuego, sino deseo de calor.
Me gustaba gustarte.
Me gustaba que lo dijeras sin rodeos, con esa mezcla de dulzura y descaro.
Había algo profundamente humano en eso. Nos prometimos que no cambiaría nada, pero las promesas a veces son papel en una tormenta. Papel que vuela y desaparece.
Y aunque no te culpo, me pesa.
Me pesa porque lo que compartimos parecía tener algo de verdad.
De juego, sí, pero también de cuidados, cercanía y respeto mutuo.
De querer mirar sin miedo, de tocar sin poseer, de sostener sin apretar.
Quizá ahora solo queda eso:
La conciencia de lo efímero y alguien que se ha quedado con mi saquito de monedas. Y no quise tapar huecos, ni rellenar ausencias que no me correspondían. No vine a salvarte, ni a ser salvada. Solo quise compartir un puñado de verdad.
¡Que cierren sus heridas los esclavos del amor!
Que yo seguiré bailando entre el humo curvilíneo, esa mezcla rara entre ternura y duelo. Sin intentar entender lo que ni tú sabías. Porque a veces amar también es soltar la necesidad de explicación y darle santa sepultura a los hijos que nunca tuvimos.
Deben criticarse las acciones, no los individuos.
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