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Roma

Orillas del 'Tevere'. Una terraza. Las luces de la ciudad iluminaban un puente y la mesa. Aquella ciudad llevaba milenios callando secretos inconfesables, pero esa noche dos figuras se encontraban compartiendo una copa de vino. El ambiente era íntimo, la noche fresca, con una ligera brisa que acariciaba sus rostros, creando un escenario perfecto para una conversación que prometía ser intensa.

Él, con esa mirada pícara de quien sabe exactamente dónde se está metiendo, rompió el silencio. "¿Cómo sabes cuánto tiempo va a durar el baño? Es imposible preverlo. Puedes mirar desde afuera, decidir si te gusta la piscina, el jacuzzi, o la metáfora que prefieras. Pero hasta que no te sumerjas, no sabrás si querrás volver a bañarte ahí, no hasta que experimentes cómo te sientes en ese primer baño. El precio del baño es importante, sí, pero es algo que se palpa, que se siente. Es esa vibra que genera curiosidad, que te incita a querer entrar. Y ya que estamos hablando de esto, ¿a qué nos referimos realmente con 'bañarse'?"

Ella, apretando ligeramente los labios, sumida en sus pensamientos, respondió con cautela. "A hacer algo que, si se supiera, sería reprobable. Por eso te decía que cada quien tiene una idea diferente al respecto."

Él se inclinó hacia ella, acercándose lo justo para que su voz sonara baja, casi un susurro cargado de intención. "Hablamos de acercamiento, contacto físico, labios que se juntan, gestos intercambiados en silencio, miradas que se encuentran, y la sensación de cómo la piel se eriza."

Ella esbozó una sonrisa, apoyando la barbilla en su mano, como si saboreara cada palabra que acababa de escuchar. "Eres bueno creando imágenes mentales," comentó con un tono entre admirado y juguetón, "podrías dedicarte a escribir si quisieras."

Él se encogió de hombros, como si la idea no le interesara demasiado. "Prefiero vivirlas... Pero, teniendo en cuenta que estás aquí, dime, ¿qué es lo que te atrae de mí, considerando todo lo que conlleva?"

Ella apartó la mirada y la fijó en la copa de vino, girándola entre sus dedos con delicadeza. "Pues llevo un rato pensando en eso," admitió, "me pareces alguien que tiene claro lo que quiere y lo consigue. Yo, en cambio, soy más racional, y eso me frena. Y, curiosamente, eso es lo que me parece atractivo."

Él arqueó una ceja, intrigado por su confesión. "¿Por qué te frena?"

Ella dejó escapar un suspiro, su mirada perdida en algún punto del horizonte, como si las estrellas tuviesen la solución. "Porque mi mente es muy buena resolviendo problemas, siempre encuentro una razón para no hacer algo. Es como un perfeccionismo sin fin que me paraliza y no quiero profundizar demasiado ahora, pero ese es el resumen."

Él asintió lentamente, como si considerara cada palabra que ella había dicho. "¿Y te propones romper esa forma de buscar problemas para no hacer algo, conmigo? El proceso me está gustando, porque me pareces muy interesante y, a la vez, muy sexy."

Ella rió suavemente, como si su risa fuera un susurro en la noche. "Deja que piense en cómo describirlo... Me gustan las cosas bien cocinadas, que me apetezcan de verdad."

Él volvió a asentir, esta vez sin apartar la mirada de los ojos de ella. "Eso está bien. No obstante, coincidir no es tan fácil ahora mismo. Tienes tiempo de mirar desde la orilla."

Ella movió la cabeza hacia atrás soltando una carcajada. "Nada nos ha impedido coincidir en Roma, el destino es caprichoso" respondió, con un tono que dejaba entrever un desafío.

Él, captando el sutil juego, agregó con un tono provocador: "También es interesante provocarlo, es decir, coincidir y ver qué pasa en otro lugar. O ver si las ganas se disipan por la larga espera."

Ella, que se había perdido momentáneamente en sus pensamientos sobre el baño, comentó como si hablara más consigo misma que con él. "Puede ser un baño de mañana, casi al amanecer, revitalizante; un baño al mediodía, después de tomar el sol, refrescante; o quizás uno al atardecer, con la piel caliente, relajante."

Él sonrió, complacido con la imagen que ella había pintado. "Me gusta esa suposición."

Ella continuó, con un tono más reflexivo, como si estuviera explorando las posibilidades en voz alta. "Con esto quiero decir que, en mi cabeza, podríamos quedar, que no pasara nada y, aun así, querer bañarme. Y es en ese momento cuando estaría pensando si ser egoísta o no de verdad. Ahora simplemente me parece un juego del que disfruto, y no le hacemos mal a nadie si queremos intercambiar tiempo hablando."

Él asintió de nuevo, más serio esta vez. "Así es, ya pensaremos si nos apetece ser egoístas o no, si se da la situación."

Ella le devolvió la mirada, pero esta vez con una intensidad renovada, como si sus palabras fueran una invitación silenciosa. "Aquí es donde yo considero que está el bañito... acercamiento, piel erizada, etc."

Él rió, divertido por su respuesta, pero también intrigado. "Podría desarrollar mejor eso, pero quizás te entren muchas ganas de bañarte y dejar de mirar desde la orilla... que tires tus miedos por la borda... ¿Quieres probar?"

Ella sonrió, traviesa, dejando que el silencio se alargara lo suficiente para que él no pudiera evitar fijarse en sus labios, recordando por qué estaba allí con ella. "Bueno... La información siempre ayuda a tomar decisiones," respondió al fin.

Él rió, esta vez con una complicidad compartida. "Jajajajajaja, sí que sabes jugar. Y cuando salgamos de aquí y no nos veamos por un tiempo, ¿qué pasará? ¿Hasta dónde podría darte placer solo escribiendo con los pulgares? Sé que eres consciente de todas las noches que vamos a pasarnos pegados a la pantalla deseando tocarnos."

Ella le lanzó una mirada cómplice, sus ojos brillando con la chispa de la tentación. "Como buen escritor, sé que tú tienes experiencia en esto y siempre habrá buenas lectoras."


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